El horno de ladrillos

El Horno de ladrillo

Policastro, Enrique "El horno de ladrillos"
Tecnica mixta - 23 x 30 cm - 1960

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Otras Obras del Artista

Enrique Policastro - Caserio - oleo - 93 x 120 cm - 1953 Más información

Policastro, Enrique
"Caserio"
Oleo
93 x 120 cm
1953

El Horno de ladrillo Más información

Policastro, Enrique
"El horno de ladrillos"
Tecnica mixta
23 x 30 cm
1960

Policastro, Enrique | Bio

La carrera artística de Enrique Policastro se inicia en 1925, con su primer envío a un Salón. Un año más tarde, obtiene el premio Estímulo por su obra La Masitera, en el XVI Salón Nacional de Bellas Artes, y en 1928 en Amigos del Arte realiza su primera muestra individual. A partir de entonces, el espaldarazo de la crítica, que ve con asombro la fuerza y la autenticidad de su pintura, así como una seguidilla de distinciones en salones nacionales, colocan a Policastro entre los artistas más relevantes de su época. Así será hasta su muerte, en 1971. Su pintura fue siempre fruto de una indagación íntima, no pareció permeable a lineamientos de una escuela estética definida ni a las sucesivas mutaciones del arte, aun cuando estuvo claramente inserta en la modernidad. Como su propia vida de humilde empleado en el Juzgado Federal, puesto que nunca abandonó hasta su jubilación, el ritmo de los cambios en su pintura fue paulatino, sin estridencias. Tanto en lo temático como en lo formal, su producción tiene la consistencia de lo esencial que encuentra en los objetos más simples, en los seres más humildes, en las geografías más desangeladas no un motivo, no un tema. Fue el resultado de un hálito interior, el mismo que alimentó su camino día a día.

Ese encuentro entre el afuera y el adentro del artista le fue dictando el modo, los procedimientos, las coloraciones y sobre todo, ese clima que de inmediato subyuga en cada una de sus pinturas y que hace de Policastro un artista único, inclasificable.

Sin embargo, su actitud de vida es inherentemente política. Llegó a ocupar la presidencia de la Sociedad de Artistas Plásticos, la combativa entidad gremial de tanto protagonismo durante más de medio siglo y que él mismo presidió; sintió una cómoda comunión de ideales junto con sus camaradas de militancia en el Partido Comunista, donde también encontró un espacio de solidaria amistad combativa y artística. Pero ese pertenecer al mundo desde un lugar concientemente elegido y bien plantado no forzó su quehacer como artista. Su visión de mundo estaba en su obra. Esos cielos tormentosos que tanto se le admiran —y que por sí solos constituyen algo irrepetible en nuestra pintura—, están humanizados por la mirada, por el punto de vista que recorta eso y de esa manera. No hay simbolismos pretensiosos. Simplemente, no hay simbolismos. Son cielos, que sin embargo, adquieren un aura única que habla desde las texturas, desde las variaciones tonales, desde su misterio.

En el comienzo de su actividad, en el ímpetu juvenil de sus intensas búsquedas por definir un perfil propio, Policastro fue en busca de personajes, de situaciones, en la periferia de la inmensa urbe. Inmigrantes, tipologías ricas en la observación psicológica, motivos cotidianos, algún grupo de chicos alrededor de un fogón, La fogata, 1925. El universo de los humildes. La Obrerita, Doña Carmen del Parque Patricio y Las traperas, Hombre del puerto y Marinero del Dock Sud, El viejo de los gallos y Don Carlín de la Boca, marcan, desde sus títulos una intención o, al menos, una motivación que traza el entorno de una geografía urbana y humana concreta, así como La tía Petra de visita o el Retrato de una inglesa connotan cierta discreta ironía. Todas estas obras han figurado en salones a lo largo del primer lustro de su producción. Algunas, han cosechado premios. Hay en sus lienzos condiciones nada comunes. Sentido de la composición, ternura emotiva, paleta sobria, justeza de valores, que Policastro pone de manifiesto. Con estas obras se coloca en el puesto de avance de la plástica argentina, escribe José León Pagano en una crónica publicada hacia fines de los veinte. Es un espaldarazo, viniendo del decano de la crítica. Estas obras, observa por su parte bastantes años más tarde Carmen Balzer, revelan su capacidad de descubrir en los rasgos de sus retratados el sentido estricto de un carácter, a la vez que con el crecimiento personal del artista, esas condiciones se acentúan en un sentido más profundo: si bien la figura humana resuelve en sí el principal argumento, el fondo es casi siempre su comentario inevitable, asumiendo un papel de importancia complementaria. Y añade El juego equilibrado entre figura y fondo puede observarse en el espiritual y a la vez rudo y simple Don Carlín, alrededor del cual, cuidadosamente, el regular adoquinado toma una curiosa relevancia.

El fugaz paso por el taller del pintor noruego y excelente colorista Alejandro Christophersen, y su labor como ayudante del maestro valenciano Julio Vila y Prades, aplicado discípulo de Joaquín Sorolla (1863 – 1923) y autor de voluminosos paneles decorativos, fueron abriendo surcos, así como sus visitas al Museo de Bellas Artes y las tempranas preferencias por los acentos postimpresionistas de Charles Cottet (1863–1925), la crudeza expresiva de Ignacio Zuloaga (1870-1945) y la ternura hogareña de Eugène Carrière (1849-1906), fueron dando forma y carnadura a su personalidad plástica, que siempre se impuso sobre las influencias. La agudeza con la que recrea los motivos, la solidez constructiva, la sensibilidad en el retrato psicológico, ya son evidentes en el joven Policastro.

1929 es un año de inflexión. Presenta en el XIX Salón Nacional de Bellas Artes dos lienzos: Niños comiendo melón, una obra que está en la línea de su anterior producción, y Los inmigrantes. Con Los inmigrantes obtiene el II Premio Municipal, el galardón más importante hasta ese momento. El diario La Prensa, en su suplemento en huecograbado, la reproduce en color a toda página, presagiando para el artista “un brillante porvenir”. Se trata, sin duda, de un capo laboro. En el primer plano, que ocupa toda la superficie del lienzo, una madre con dos hijos. Hay, en los tres, bien arropados, una mirada de espera esperanzada, algo que presumiblemente está sucediendo fuera del cuadro. Formas definidas, colores planos, apenas modulados: verdes, azules, marrones y un toque de intenso rojo en la pañoleta de la niña que se repite, mínimamente, en el cuello de la madre. Pero junto a este trío, impacta el fondo: tres grupos de personas, asomando sobre las cabezas del primer plano a izquierda y derecha. Cinco a un lado, tres en un tercer plano, una a la derecha. Son figuras estáticas que establecen una poderosa dinámica compositiva y espacial, mientras el empedrado del fondo marca un punto de fuga, que contrasta con la verticalidad de las tres figuras del primer plano. Las relaciones de espacio establecen también un tiempo detenido. El logro de esta pintura reside precisamente en la relación dialéctica que establece entre el potente primer plano y el fondo distante. Como en la pintura metafísica, el fondo, es protagonista y no mero acompañamiento, algo que será una constante en la obra de Policastro.

Más distante aún, en los suburbios, otro paisaje al que nos han acostumbrado los artistas del Centenario, espera a Policastro. Vale la pena detenerse en este punto, retroceder en el tiempo.

Fuente: Alberto Giudici. Fundación Alon, julio 2008

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